UN FUTURO PROMETEDOR
Cuando llegué hace años aquí, aún no sabía ciertas cosas. Para mí entonces el cielo se confundía con el mar y las gaviotas eran todas iguales. El viento era simplemente viento. Flojo o fuerte. Y el sexo era amor y el amor yo. Fue cuando apareció él. Debió de bajar del barco (claro, como todos) un día de primavera y alojarse en algún hostal del centro del pueblo, de esos que tienen patio con jazmines y setos y un pequeño surtidor.
Abel manejaba bastante dinero entonces, y no como ahora, que sólo hace que sablearme. El inútil. Hasta me propuso un día que estaba borracho, que me prostituyera. Tú y yo juntos podríamos ganar mucho dinero nena, me dijo. Y eso que nunca me llamaba “nena”. Quizás recordaba la tópica frase de alguna telenovela. El caso es que le conocí.
Cuando dijo aquella chorrada (o esta ofensa) estábamos acostados y trazaba con su dedo un círculo sobre la areola de mi pezón (sí, muy cinematográfico todo, ahora que lo pienso).
Es inaudito cómo te puedes liar con alguien y que te salga tan rana, tan viscoso, tan escurridizo, hasta hacerse insoportable. Pesado. Odioso.
Quieres dejarme en paz, tío, le insistía y repetía. Pero.... Elisa...., me decía: Esto es una isla. Nos tendremos que ver por la calle, por algún rincón, en algún camino ¿dónde quieres que me meta sino?
“A ver a tu puta madre, hijo, a ver a tu puta madre”. Lo pensaba, no se lo decía, y yo mientras aceleraba el paso y se quedaba allí plantado debajo de los ficus con el escándalo alrededor de los gorriones cuando oscurece. Me daba la sensación que toda la plaza nos miraba, y esto me repateaba sobre manera y me enfadaba aún más.
